27 de octubre de 2026
Terapia con animales para personas mayores: guía

Hay personas mayores que apenas hablan durante la semana y, cuando entra un perro en la sala, levantan la cabeza, sonríen y empiezan a contar historias del que tuvieron de niños. Escenas así explican por qué la terapia con animales para personas mayores se ha extendido en residencias, centros de día y hospitales. Pero detrás de la imagen amable hay una práctica que, para hacerse bien, necesita objetivos, profesionales formados y normas de higiene. Si tu padre o tu madre vive en una residencia que ofrece este tipo de actividad, o estás pensando en proponerla, aquí encontrarás qué es exactamente, qué beneficios se le atribuyen con fundamento, qué riesgos conviene conocer y qué preguntas hacer para quedarte tranquilo.
Qué es la terapia con animales y en qué se diferencia de una visita
Bajo el nombre general de intervenciones asistidas con animales se agrupan prácticas distintas. La terapia asistida con animales es una intervención estructurada, dirigida por un profesional sanitario o del ámbito social (fisioterapeuta, terapeuta ocupacional, psicólogo), con objetivos concretos y una forma de medir el progreso: por ejemplo, mejorar la movilidad de un brazo cepillando al perro o estimular el lenguaje dándole órdenes. Las actividades asistidas con animales, en cambio, son encuentros más informales con fines recreativos o motivacionales, como una visita semanal para acariciar y pasear. Ambas pueden ser valiosas, pero no son lo mismo. Cuando una residencia habla de terapia con animales para personas mayores, merece la pena preguntar cuál de las dos ofrece realmente.
Los animales más habituales en estos programas son los perros, por su facilidad para el adiestramiento y su sociabilidad. También se usan gatos, pequeños mamíferos, aves, acuarios y, en entornos rurales o con instalaciones adecuadas, caballos o animales de granja. En todos los casos, el animal debe estar adiestrado, sano y acompañado por un guía que conozca su comportamiento.
Beneficios emocionales: apego, soledad y conexión social
Desde la psicogerontología, buena parte del efecto se explica por la teoría del apego. El vínculo afectivo no desaparece con la edad: las personas mayores siguen necesitando figuras con las que sentirse seguras y queridas, y la mudanza a una residencia suele romper muchos de esos lazos, incluido, a veces, el de una mascota de toda la vida. Un animal ofrece afecto sin juicio, contacto físico y una relación que no depende de recordar nombres ni de seguir una conversación. Además, actúa como facilitador social: los residentes hablan del perro entre ellos, con el personal y con sus familias, lo que ayuda a combatir el aislamiento. Si te preocupa este aspecto, en nuestro artículo sobre cómo prevenir la soledad en adultos mayores encontrarás más ideas.
En personas con demencia, los profesionales describen a menudo momentos de mayor calma, más sonrisas y más interacción durante las sesiones. Las investigaciones disponibles, muchas de ellas con grupos pequeños, apuntan a efectos positivos sobre el ánimo, la agitación y la comunicación, aunque la calidad de la evidencia todavía es desigual. Por eso conviene verla como un complemento al cuidado, nunca como sustituto de ningún tratamiento.
Beneficios físicos y lo que importa desde la geriatría
Una sesión bien planteada también puede poner el cuerpo en movimiento. Lanzar una pelota, cepillar el pelo del animal, abrochar una correa o caminar unos metros a su lado son ejercicios que trabajan la motricidad fina, el equilibrio y la fuerza, algo importante en personas con sarcopenia o fragilidad, en las que la inactividad acelera la pérdida de capacidades. Muchos mayores aceptan mejor estos movimientos cuando tienen un sentido afectivo que cuando se presentan como rehabilitación. Ahora bien, la geriatría también recuerda que un animal en movimiento aumenta el riesgo de caídas: un perro que tira de la correa o se cruza entre los pies puede desequilibrar a una persona con problemas de marcha. Repasar nuestra guía de prevención de caídas en adultos mayores te ayudará a valorar ese punto con el equipo.
Riesgos y requisitos de seguridad en una residencia
Con la edad, el sistema inmunitario pierde eficacia, un fenómeno conocido como inmunosenescencia, y muchas personas que viven en residencias tienen además enfermedades crónicas o toman fármacos que reducen sus defensas. Por eso las guías de control de infecciones para centros sanitarios y sociosanitarios recomiendan elegir especies de bajo riesgo de transmisión de enfermedades de animales a personas (zoonosis), como perros de programas acreditados, y ser especialmente prudentes con animales de granja o crías. Tampoco hay que olvidar las alergias, el miedo a los animales que algunas personas tienen desde siempre y las heridas por arañazos en pieles frágiles. Una residencia que hace bien las cosas suele contar con estas medidas:
- Animales con controles veterinarios al día, vacunación, desparasitación y valoración de su carácter.
- Guías o técnicos formados en intervenciones asistidas con animales, que acompañan siempre al animal.
- Higiene de manos antes y después del contacto, para residentes, personal y visitantes.
- Zonas restringidas, como cocinas, áreas de preparación de medicación o habitaciones de aislamiento.
- Consentimiento previo del residente o su representante y respeto a quien no quiere participar.
- Valoración individual del riesgo de caídas, alergias, heridas abiertas o inmunodepresión.
- Objetivos y registro de cada sesión cuando se trata de terapia y no solo de actividad recreativa.
Qué preguntar si la residencia ofrece terapia con animales para personas mayores
Antes de que tu familiar participe, o si quieres saber cómo le va, puedes hacer algunas preguntas sencillas al equipo. ¿Es terapia con objetivos o una actividad recreativa? ¿Quién dirige las sesiones y qué formación tiene? ¿Qué entidad proporciona los animales y cómo se controla su salud? ¿Con qué frecuencia se hacen y en qué espacio? ¿Cómo se adapta la sesión a una persona con poca movilidad o con deterioro cognitivo? Y, sobre todo, ¿qué han observado en tu familiar? Si tu padre siempre tuvo perro, cuéntaselo al equipo; si le daban miedo, también. Esa información ayuda a que la experiencia sea positiva. Y si la residencia permite visitas con la mascota de la familia, pregunta por las condiciones antes de llevarla.
Un caso especial es el de la persona que deja atrás a su propia mascota al mudarse. Para muchos mayores, separarse de su perro o su gato es una de las pérdidas más dolorosas del ingreso, y a menudo no se le da la importancia que merece. Si es la situación de tu familiar, habla con la residencia sobre la posibilidad de visitas periódicas del animal, comparte fotos de cómo está en su nuevo hogar y nombra esa pérdida en voz alta en lugar de evitar el tema. Saber que su compañero está bien cuidado suele aliviar mucho la preocupación.
Con Palermia puedes seguir de cerca estas sesiones aunque no estés presente. El equipo de la residencia puede compartirte fotos de tu madre con el perro de terapia, y tú puedes enviarles mensajes directos para contarles qué animales le gustaban o preguntarles cómo reaccionó. Así también tienes a mano cómo come y cómo va su medicación, y la conversación con el equipo es continua. Conoce cómo funciona
La terapia con animales para personas mayores no hace milagros, pero puede regalar algo muy valioso: momentos de calma, movimiento y afecto en una etapa en la que estos escasean. Bien organizada y con las precauciones adecuadas, es una forma más de cuidar a la persona entera, no solo su salud.