6 de noviembre de 2026
Cuidado de los pies en personas mayores: guía práctica

Los pies sostienen todo el cuerpo durante décadas y, sin embargo, son de las partes que menos atención reciben. Con la edad, la piel se vuelve más fina y seca, las uñas engrosan, la circulación cambia y agacharse para revisarlos o cortarse las uñas se hace cada vez más difícil. El resultado es que pequeños problemas, como una dureza o una uña mal cortada, pueden acabar provocando dolor, heridas o una forma de caminar insegura. El cuidado de los pies en personas mayores no es una cuestión estética: tiene que ver con poder caminar, mantenerse activo y evitar caídas. En esta guía te contamos qué cambia con los años, qué rutina conviene seguir y cuándo hay que pedir ayuda profesional.
Por qué los pies cambian con la edad
Con el paso del tiempo, la almohadilla de grasa que amortigua la planta del pie se adelgaza, por lo que cada paso se nota más en talones y metatarsos. La piel pierde hidratación y elasticidad, lo que favorece grietas, sobre todo en los talones. Las uñas crecen más despacio, se vuelven gruesas y quebradizas y, en algunos casos, se deforman de manera importante, un problema llamado onicogrifosis. También son frecuentes los juanetes, los dedos en garra y las durezas por roce. A todo esto se suman las enfermedades crónicas: la diabetes, la mala circulación o la artrosis influyen directamente en la salud del pie. Por último, la pérdida de flexibilidad y los problemas de visión hacen que muchas personas mayores, simplemente, ya no puedan ver ni alcanzar bien sus propios pies.
Rutina diaria para el cuidado de los pies en personas mayores
Una rutina sencilla, repetida a diario, previene la mayoría de los problemas. Si tu familiar tiene movilidad suficiente, puede hacerla por su cuenta con algunos apoyos; si no, es una tarea que puede asumir un familiar o el personal de cuidado. Lo importante es la constancia y la observación:
- Lavar los pies cada día con agua tibia y jabón suave, sin dejarlos en remojo mucho tiempo para no reblandecer la piel. Comprobar la temperatura del agua con el codo o un termómetro, no con el pie.
- Secar muy bien, sobre todo entre los dedos, para evitar la humedad que favorece los hongos.
- Aplicar crema hidratante en plantas y talones, pero no entre los dedos.
- Revisar los pies cada día, con buena luz y un espejo si hace falta, buscando heridas, ampollas, rojeces, cambios de color o hinchazón.
- Usar calcetines limpios, sin costuras gruesas ni elásticos que aprieten, preferiblemente de fibras naturales.
- No caminar descalzo, ni siquiera dentro de casa, para evitar golpes y heridas que pasen desapercibidas.
Las uñas merecen un apartado propio. Lo recomendable es cortarlas rectas, sin redondear demasiado las esquinas, y limarlas con suavidad. Si están muy engrosadas, si la persona no ve bien o tiene diabetes o problemas de circulación, es mejor que lo haga un podólogo. Evita también cortar callos o durezas con cuchillas en casa y no uses callicidas sin consultar, porque pueden producir heridas difíciles de curar.
Pie diabético y otros riesgos médicos
Desde la geriatría, hay situaciones en las que el cuidado de los pies en personas mayores pasa de ser recomendable a ser imprescindible. La más conocida es el pie diabético. La diabetes puede dañar los nervios (neuropatía periférica) y reducir la sensibilidad, de modo que la persona no nota una piedra en el zapato, una quemadura o una ampolla. Si además la circulación es pobre, las heridas cicatrizan peor y pueden infectarse. Por eso, en personas con diabetes, la revisión diaria y las visitas periódicas que indique el equipo sanitario son fundamentales. La enfermedad arterial periférica, que se manifiesta con pies fríos, piel pálida o dolor al caminar que mejora al parar, también requiere vigilancia médica. En personas que pasan muchas horas en cama o en silla, los talones son una zona de riesgo de lesiones por presión, como explicamos en nuestra guía sobre cómo prevenir las úlceras por presión en personas mayores. Ante cualquier herida que no mejora en pocos días, consulta siempre al médico o a enfermería.
Pies, equilibrio y miedo a caer
Unos pies doloridos cambian la forma de caminar: los pasos se acortan, el apoyo se vuelve inseguro y la persona arrastra los pies o se apoya en los muebles. Por eso los problemas en los pies se cuentan entre los factores que aumentan el riesgo de caídas, junto con el calzado inadecuado. Aquí entra en juego un concepto bien descrito en psicogerontología: el miedo a caer. Tras un tropiezo o una caída, muchas personas empiezan a limitar sus movimientos para protegerse. El problema es que moverse menos debilita los músculos y empeora el equilibrio, lo que a su vez aumenta el riesgo real de caer. Es un círculo que se alimenta a sí mismo y que puede llevar al aislamiento y a la pérdida de autonomía. Cuidar los pies, aliviar el dolor y elegir un buen calzado ayuda a romper ese círculo y a recuperar la confianza al caminar. Puedes ampliar ideas en nuestra guía práctica de prevención de caídas en adultos mayores.
Cómo elegir un calzado seguro
El calzado es parte del tratamiento. Las zapatillas abiertas por detrás, gastadas o demasiado holgadas son una causa frecuente de tropiezos, tanto en casa como en una residencia. A la hora de comprar, conviene fijarse en algunos detalles:
- Que sujete bien el talón, con contrafuerte firme, y que no se salga al caminar.
- Suela antideslizante, flexible y con poco tacón, ancho y estable.
- Puntera amplia, que no comprima los dedos ni roce juanetes o dedos en garra.
- Cierres fáciles, como velcro o elásticos, que permitan ajustarlo si los pies se hinchan a lo largo del día.
- Materiales transpirables y sin costuras internas que rocen.
- Probarlo por la tarde, cuando el pie está algo más hinchado, y con los calcetines que se vayan a usar.
Si tu familiar usa plantillas o calzado ortopédico indicado por un profesional, asegúrate de que lo lleve siempre y de que el personal de la residencia lo sepa. Y revisa de vez en cuando el desgaste de la suela, porque un zapato viejo pierde agarre aunque parezca en buen estado.
Cuándo acudir al podólogo o al médico
El podólogo es el profesional de referencia para el cuidado de las uñas difíciles, las durezas, los callos y el estudio de la pisada. En personas mayores, una revisión periódica ayuda a detectar problemas antes de que duelan. Pero hay señales que deben llevar a consultar con el médico sin esperar: heridas o ampollas que no cicatrizan, enrojecimiento, calor o supuración, cambios de color del pie a pálido, morado o negro, hinchazón repentina de un solo pie, dolor intenso o pérdida de sensibilidad. También conviene consultar si tu familiar empieza a caminar distinto o se queja de dolor al ponerse los zapatos. Si vive en una residencia, pregunta cómo se organiza el servicio de podología, cada cuánto pasa y cómo se registran las revisiones, y avisa de cualquier antecedente como diabetes o problemas circulatorios.
Seguir estos detalles a distancia no siempre es fácil, y ahí la comunicación con el equipo marca la diferencia. Con Palermia recibes fotos del día a día de tu familiar, puedes ver qué come y cómo va su medicación, y escribir mensajes directos al equipo de cuidado. Es una forma sencilla de preguntar si ya pasó el podólogo, avisar de que le has comprado zapatos nuevos o comentar que lo notas más inseguro al caminar. Conoce cómo funciona
El cuidado de los pies en personas mayores es un gesto pequeño con un impacto grande. Unos minutos al día de higiene y revisión, un calzado adecuado y la ayuda del podólogo cuando hace falta permiten que tu familiar siga caminando con seguridad, salga a pasear y mantenga su independencia el mayor tiempo posible.